Un San Valentín en Auschwitz.

03:45


Como mucho sabréis hace un año justo estaba de Erasmus. Concretamente, el 19 de febrero anterior estaba a punto de irme a un viaje exprés a París. Antes me fui a Polonia, y después me fui a Dinamarca. Sí. Ya lo sé. Lo que pasa en un Erasmus no tiene sentido. Es como vivir en una bola de algodón muy rosita y azucarada... Pero también tiene periodos que te abren mucho los ojos, y a mí eso me pasó cuando fui a los campos de concentración más famosos del mundo.


Después de pasar un día de turismo por Cracovia, unos amigos y yo nos despertamos bien temprano para coger un pequeño bus que nos dejaría en Auschwitz, el lugar en el que ocurrió uno de los episodios más vergonzosos de la historia de la humanidad. El hecho de que cayera en la época de los enamorados es un pequeño detalle macabro que sin embargo no tiene nada que ver con la potencialidad de ese lugar, pero que lo uniré a una anécdota de estos campos al terminar este texto.


Pero es raro. Es rarísimo. Porque tienes a un guía que te va contando las anécdotas e historias más desgarradoras pero a tu alrededor ves otros muchos grupos caminando, riéndose, sacando fotos y siguiendo a un guía como si fueran un grupo de coreanos en la Alhambra. Parecía un monumento más, una atracción cualquiera, no parecía el lugar en el que:

De los 405.000 prisioneros registrados, sobrevivieron 65.000
De los 16.000 prisioneros de guerra soviéticos, sobrevivieron 96
Varias estimaciones sugieren que se asesinó a 1,6 millones de personas

Y allí estábamos unos cuantos, viendo kilos de pelo humano, miles de gafas rotas y millones de sueños rotos. Era aterrador, porque de vez en cuando te encontrabas una rosa sin conocer su historia, una marca en la pared sin conocer su final o una habitación en la que tanta, tantísima gente habrá sufrido.


Yo me quedaba mirando por las pequeñas ventanas las vistas desde las habitaciones, viendo los edificios de ladrillo que se levantaban. Estaba nublado y hacía mucho frío. Recordé cuántas veces me habría quejado interiormente por tener una habitación en Bruselas que daba a un patio interior. Qué poco sabemos sobre la suerte que tenemos.

Vimos edificios derruidos a la desesperada por nazis antes de desaparecer, intentando borrar sin éxito todas sus huellas en ese recinto, vimos retratos de prisioneros cuando entraron al campo de concentración y años más tarde... Había gente que se reía. Otras se sacaba fotos, que sin duda subirían más tarde a Instagram, la madre de la superficialidad hasta para retratar los rincones más oscuros de Polonia. Pero bueno, cada uno tiene su opinión y hace lo que quiera con su vida. Yo, claramente, no me saqué ninguna foto allí. No me hubiera sentido muy orgullosa.


Sin embargo intenté retratar cada esquina, cada rinconcito y cada símbolo. Intenté que no se me escapara ningún detalle: Ni las balas en los paredones, ni las estrellas de David que reflejaban los ideales de las personas hasta en el último momento, ni las vistas desde cada reja y cada valla.


Como dije, aunque era un lugar muy tenebroso por su historia, se sentía banal con tanta gente yendo y viniendo. Todo cambió cuando eran las seis de la tarde y ya prácticamente el sitio estaba desierto. Había una neblina que se posaba en el césped, un cielo opresivo y sobrecogedor y éramos el último grupo en salir. Alrededor nuestro solamente había silencio, edificios vacíos y ni una presencia a su alrededor.


Empecé a acelerar mi paso, de repente me encontraba angustiada. Sentía mucho frío y el no ver a gente alrededor y los árboles desnudos reflejándose en las ventanas de aquellas habitaciones vacías era horrible. Tenía que salir de allí. 
Al haber salido del recinto miré hacia atrás y en ese preciso instante pude entrever una milésima parte de lo que ha significado ese sitio para la historia de tantos niños, primos, hermanos, abuelos, padres.  Decidí quedarme con esa imagen. Y así es como pasé San Valentín.



Como sabéis, San Valentín desafiaba a los emperadores Romanos, casando a parejas bajo la celebración católica. Me gustaría terminar este post contándoos la historia de una española, que en mitad de la segunda Guerra Mundial vino a este campo de concentración a casarse con su amado. A él lo vistieron de traje, le dejaron crecer el cabello y fue la primera y última pareja en casarse en Auschwitz. Después de pasar la noche de bodas, Margarita Ferrer tuvo que irse. Meses más tarde, el joven austríaco con el que casó intentaría fugarse sin éxito, formando parte de la última ejecución pública de este lugar.

Esto me demuestra, como cientos de otras cosas más en la vida, lo excepcional que es el amor hasta en las circunstancias más duras. Así que hoy quered a vuestra madre, padre, amigos, perro, gato, hermana, novio, taburete. Al fin y al cabo, nadie os detiene.





Hay una sola regla que necesitas recordar: ríete de todo y olvídate de todos. Suena egoísta, pero de hecho es la única cura para los que sufren de autocompasión.
-Ana Frank




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1 comments

  1. En un día como hoy, después de perder a un ser querido, ésta historia me ha llegado, gracias por compartir. tengo dos cuentas de google Guada, y ésta es otra, pero soy la misma SANELIA o CRUDIVEGANEANDO. Me encanta leerte.

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